jueves, 1 de octubre de 2015

MARBELLA EN BUSCA DE UN ESTILO






IV EL ESTILO ANDALUZ (O NEOPOPULAR ANDALUZ)
La tradición como referencia estética para una ciudad turística internacional.





                                                        Ermita del Calvario, Marbella.


La arquitectura, con toda su enorme gama de expresiones morfológicas, recursos técnicos y usos funcionales, ha culminado por ser uno de los rasgos culturales distintivos no solo del hombre frente a los demás animales, sino también del hombre con respecto al propio hombre. La arquitectura vernácula, la tradicional, constituye hoy uno de los obligados referentes a tener en cuenta cuando se pretende establecer las diferencias culturales entre unos y otros. Como todo elemento cultural, constituye algo vivo que en una continua transformación la hace indisociable de cada periodo histórico, característica que vale por igual para las grandes construcciones y estilos arquitectónicos, llámese barroco o regionalista, como para la arquitectura más modesta. Significativamente, esta última es la menos conocida a pesar de servir para cubrir las necesidades cotidianas de la inmensa mayoría de la población1. Significativamente, Marbella, se sirve de ella para recrear una arquitectura y una estética donde basar su nueva industria turística y con la que se pretende cubrir las necesidades vacacionales de una minoría de la población.
Todos los estilos que se han analizado anteriormente y que poseían la fuerza suficiente para afianzarse como indentificatorios del litoral andaluz mediterráneo, que emerge en la segunda mitad del siglo XX como destino turístico internacional, no consiguen alcanzar el primer puesto, porque o bien desaparecen antes de la explosión, como el Regionalismo o bien degeneran como el Estilo Internacional.
Pero si, para poder contextualizar esos estilos, el Regionalista, el Árabe y el Internacional, dentro del marco y la época en la que se desarrollaron, se requirió un repaso a sus ascendentes estéticos e ideológicos, para hablar de la arquitectura tradicional o popular andaluza son necesarias ciertas puntualizaciones. De entrada recordar que la geografía andaluza es muy amplia y diversa. Recordar que Andalucía no siempre estuvo pintada de blanco, que la teja, la rejería y las macetas no son los únicos elementos indispensables, aunque hayan sido los más utilizados en la recreación posterior de la arquitectura turística que se enmarca dentro de este estilo.
El mar Mediterráneo bañando el Este y el Océano Atlántico el Oeste. Diferentes vientos en cada uno de ellos meciendo sus olas. El Levante provoca en las costas gaditanas un sentimiento negativo y un malestar que alejó a los turistas europeos desde el principio, aunque ahora los surfistas lo utilicen a destajo en las amplías playas de Tarifa. La arquitectura tradicional de Barbate, Conil o Chiclana está diseñada para guarecerse de este viento. La teja árabe, por tanto es poco utilizada en esta parte del litoral andaluz. El conjunto que forman las azoteas de Cádiz capital, a las que desde tiempo inmemorial se asoman los gaditanos para vislumbrar el horizonte marítimo por el que aparece el porvenir o el enemigo, conforma visto desde el cielo, un tapiz multicolor impresionante. Azoteas de Cádiz, Sevilla y Jerez, que no se plantean los urbanistas, los arquitectos ni los promotores de los conjuntos costasoleños adscritos a esta tipología de la arquitectura del ocio, denominada andaluza o neopopular andaluza, porque los turistas no tienen por qué subir a ellas a otear el horizonte ni a tender la ropa y porque estas requieren un mantenimiento continuo. A Málaga el Terral, ese viento, la cubrió de persianas y en la arquitectura burguesa del siglo XIX, se presentan como elemento diferenciador del resto de las fachadas de las construcciones andaluzas del momento, asemejándose más a las mallorquinas o a las que se usan en la Costa Azul francesa. La arquitectura malagueña anterior, la del siglo XVIII, además, posee una particularidad añadida y desconocida, que es la que lucieron las fachadas de muchos de sus edificios, que se decoraron con pinturas que imitaban los elementos arquitectónicos del barroco. Estas dos anotaciones sobre algunas de las peculiaridades de la arquitectura malagueña, no pertenecen a la arquitectura popular, entre otras cosas porque son obra de pintores y arquitectos, profesionales en definitiva y esta arquitectura como indica su nombre, nace del pueblo. Málaga como capital de la Costa del Sol, de todas formas, es un obligado referente en este trabajo, ya que lo que se está tratando pertenece a su provincia. 



                         Antiguas casas de pescadores, Las Negras, Cabo de Gata.

 
La escasez de lluvia en Almería hizo también innecesario el uso de la teja. Las cubiertas planas, terrazos, con los que se perfila la parte superior del volumen cúbico de las casas del Desierto de Tabernas o del Cabo de Gata no son aplicables, por ejemplo a Grazalema, uno de los lugares donde más llueve de toda la Península Ibérica y donde las cubiertas de teja a dos aguas son la pauta. Esas mismas cubiertas planas, de las que solo sobresalen las chimeneas, identifican las construcciones de una de las comarcas más conocidas y visitadas de Andalucía, la Alpujarra. 




                                Tejados o "terrazos" en la Alpujarra granadina.

 
En la arquitectura vernácula o popular andaluza, tampoco se pueden incluir los palacios o casas-palacios como los que se construyen en Sevilla o Córdoba entre los siglos XVII y XIX, ni las haciendas de olivar de las que ya se ha hecho mención en este trabajo, ni tampoco pueden incluirse los castillos, los conventos y las iglesias, aunque algunas ermitas como la del Calvario en Marbella, carentes por completo de materiales nobles, si pertenecen a la arquitectura popular. Las casas que construye la oligarquía en los pueblos andaluces en el siglo XIX e incluso el XX y que estuvieron sujetas a la expresión de poder que sus dueños querían transmitir y que quedan patentes sobre todo en las fachadas, en las que utilizan azulejos, mármoles o molduras, tampoco forma parte de esa estética auténtica de la que se está hablando. En la bahía de Cádiz, con la piedra conocida como ostionera, se asientan multitud de edificios y esta particularidad no se presenta en el resto de las construcciones de Andalucía. En Almería, el cromatismo con el que se cubre la capital y el resto de la mayoría de los pueblos del interior, se delimita a los ocres, los amarillos y los tonos tierra. Parece que como el camaleón, estos núcleos urbanos intentan defenderse, mimetizándose con la aridez del paisaje.
Las casas-cueva de la comarca de Guadix o del Sacromonte granadino, las chozas con la cubierta de brezo en las que han vivido durante siglos los habitantes de las marismas del Guadalquivir o las míseras construcciones de los poblados mineros de las sierras de Jaén y de Huelva, forman parte obligatoria de la extensa arquitectura vernácula de nuestra Comunidad Autónoma, aunque nadie se acuerde de ellas. La teja árabe, el enlucido de cal y las macetas con geranios colgadas de las ventanas, es solo una parte de la realidad, la más pintoresca.
Mucho antes que en la Costa del Sol, surgiera este concepto arquitectónico y estético, basado en lo auténtico, como otra variante más con la que crear ciudad e infraestructura donde no la había, ya había sido utilizado como imagen propagandística de Andalucía. Las películas que se rodaron al calor de la copla, la tauromaquia, el bandolerismo y la cultura gitana, a principios del siglo XX, ofrecieron una escenografía andaluza que acepta y aplaude el público. El exotismo que se despliega en ellas, con el sonido de fondo que provoca el flamenco y el drama de la agonía de un toro sobre el albero, se conjugan para crear una estética en la mentalidad del visitante. El conocido barrio de Santa Cruz de Sevilla, es una recreación exagerada de la arquitectura popular sevillana, que se construyó en lo que había sido parte de la judería de la ciudad, con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929. 




                                       Barrio de Santa Cruz, Sevilla.


Por lo tanto el estilo andaluz, es de entrada una pura falsificación. Las fotografías que existen de las ciudades y los pueblos andaluces de finales del siglo XIX y principios del XX, lo que muestran en su mayor parte es pobreza. Los castillos, las alcazabas y muchas iglesias tenían adosados a sus muros míseras casuchas sin geranios ni esplendidas rejerías. Solo una pequeña parte de la población y el turista que pertenece a una élite intelectual sabe valorar ese inmenso patrimonio que hay detrás de esa miseria. La arquitectura vernácula en Andalucía forma parte de una cultura milenaria y debe ser considerada como un elemento clave y diferenciador de nuestra tierra, pero su posterior manipulación dirigida a la promoción turística, desde hace tanto tiempo, es también obligadamente digna de su estudio, su análisis y valoración, sencillamente porque existe. 




                    Una calle del casco antiguo de Marbella, principios del siglo XX.
 
Marbella es declarada ciudad por Fernando el Católico el once de junio de 1485, el mismo día que la conquista para la corona de Castilla, por lo tanto no fue nunca ese poblacho de pescadores como tantos la han descrito para contar sus posteriores avatares. En su núcleo urbano se alzan la Iglesia de Ntra. Sra. De la Encarnación, el Castillo, la iglesia del Santo Cristo de la Veracruz, la hoy conocida como plaza de los Naranjos, de traza renacentista y con edificios como la Casa del Corregidor o la antigua Casa Consistorial y un entramado de callejuelas y plazuelas de un valor arquitectónico y patrimonial comparable al de muchas ciudades y pueblos de Andalucía. La arquitectura tradicional o popular, presenta en la ciudad unos ejemplos muy interesantes. Las casas que aún perviven en calles como Lobatas, Aduar o Virgen de los Remedios, son un buen ejemplo. La arquitectura de los siglos XVII y XVIII, a la que pertenecen los edificios señoriales de la calle Ancha, alguno de los cuales incluso lucieron pinturas murales en sus fachadas, diferencian a Marbella de las poblaciones de Torremolinos, Fuengirola, Benalmádena o Estepona. Cuando la industria turística emerge en la Costa del Sol, en Marbella tiene muestras suficientes donde inspirarse para construir el entramado escenográfico que necesita.
Ricardo Soriano posiblemente desconoce toda la información que se ha vertido hasta ahora en este trabajo. Él era un dandi que se movía entre Madrid y Biarritz y que en un viaje a Tánger, por entonces una de las ciudades de moda entre cierta elite internacional, descubre el paraíso de Marbella. Funda un año después, en 1947, la Venta y Albergue de El Rodeo, un complejo turístico que basa su encanto en unas cabañas que se esconden entre la vegetación. Construcciones estas, de una humildad voluntaria, carentes de todo elemento de lo que por entonces se asociaba al turismo de lujo, sobre todo de ese con el que se caracterizaban las ciudades veraniegas que el marqués conocía, como San Sebastián, Niza o Biarritz. Paredes encaladas, techos de palma en un principio, un pequeño porche delantero, arriates con flores construidos con piedras encaladas y unos senderos que llegaban hasta una playa virgen. 



                                          Hotel El Rodeo, Marbella, 1947.


Este primer desembarco en la costa española de todo un concepto turístico y estético, no queda reforzado hasta la construcción en 1953, del hotel Marbella Club. Ricardo Soriano, invitó a su sobrino, el Príncipe Alfonso de Hohenlohe, otro aristócrata viajero y visitante asiduo de la Costa Azul, a que conociera el establecimiento hotelero de la recién descubierta costa europea del turismo selecto. El joven Alfonso iba acompañado de su padre, Maximilian Egon Von Hohenlohe, en un viejo Rolls Royce que tardó unas cuantas horas en hacer el por entonces tortuoso camino entre Málaga y Marbella. Cuando llegaron y mientras esperaban a que tío Ricardo, regresara de una excursión de pesca, hicieron un picnic bajo la copa de los pinos de una finca que se llamaba Santa Margarita, junto al mar. Se enamoraron tanto de Marbella y en especial de esta finca, que regresaron al año siguiente para comprarla 2 . Originariamente esta bella finca con su cortijo correspondiente, iba a ser solo utilizada como lugar de vacaciones por la familia y los amigos. Posteriormente, ante el éxito que suscita entre su círculo de aristócratas europeos que visitan Santa Margarita, decide instalar un club con bar-restaurante al que afluyen entre otros, aquellos turistas que iban camino de Tánger. En el año 1953 se inaugura con dieciocho habitaciones el hotel pionero de la exclusividad de la Costa del Sol, el Marbella Club. En la antigua casa se instaló el bar y el restaurante y las habitaciones, una especie de casitas, se repartían en torno a un espacio repleto de plantas y macetas. Sus interiores se decoraron de manera sencilla y hasta austera, los inexistentes cabeceros se sustituyeron por un remedo pintado en la pared. Alfonso de Hohenlohe diseñó este establecimiento inspirado por la arquitectura popular de Marbella, pero posiblemente también por los bungalows que había conocido en su estancia californiana. Aquellos poseían una estructura diferente porque estaban construidos en madera y alguno de esos conjuntos arquitectónicos son muy conocidos, como el Blacker House en Pasadena de 1906, de los arquitectos Greene and Greene3



                                    Hotel Marbella Club, Marbella. 1953.


El sueño de estos dos pioneros, posiblemente, no fue en un principio el de hacerse multimillonarios de repente, sino el de crear en un lugar exótico y cercano, un paraíso diferente en el que esa clase social a la que pertenecían, disfrutara al máximo sin las normas que se imponían en otros destinos, ya para ellos decadentes y aburridos. Por supuesto, que el interés económico estaba detrás, como lo ha estado desde un principio en todo lo que surge y se crea en la costa, pero una vocación de cambio estético y de comportamiento, existió en la mente de esta familia cuando sembraron la semilla del estilo marbellí.
En este híbrido entre arquitectura vernácula andaluza, arquitectura mediterránea e influencias californianas, se crean posteriormente infinidad de urbanizaciones. Construcciones con rasgos característicos locales, que presentan rincones y parajes típicos en los que se acentúan conscientemente los símbolos que definen a una Andalucía que no es real del todo, pero que son los que van servir para el gran proyecto de la Costa del Sol. Al nuevo estilo arquitectónico se le ha denominado con el nombre de Neopopular Andaluz, aunque en este trabajo para resumir tanto neo y tanto ismo, se le ha llamado simplemente Estilo Andaluz.
No debería confundirse nunca este, con la verdadera arquitectura popular andaluza, aunque emplee algunos de sus elementos y materiales, porque esta nueva arquitectura se realiza para el desarrollo de una infraestructura industrial, la del turismo y las necesidades que esta conlleva, no tienen nada que ver con las que ha necesitado el pueblo para su quehacer agrario, pesquero y doméstico . La arquitectura del ocio conocida como neopopular está diseñada por un profesional, que actúa con preocupaciones de orden cultural y simbólico, pero mediante la realización de un exhaustivo plan previo de urbanización y construcción4.



                                Urbanización Nueva Andalucía, Marbella.


Como ya se comentó en la introducción de este trabajo sobre la estética de la ciudad de Marbella, muchos proyectos se aprobaron a raíz de la Ordenación Turística de la Costa del Sol de 1955. Las primeras operaciones en ese nuevo territorio geoturístico, fueron las de Andalucía la Nueva y Pinomar, en Marbella, la de Sotogrande en San Roque, provincia de Cádiz y la de Aguadulce en Roquetas de Mar, Almería. Entre estos proyectos destaca por tamaño y sobre todo por su ambiciosa propuesta inicial, el primer proyecto de José Banús para Marbella, Andalucía la Nueva. El empresario catalán José Banús Masdeu, que ya había colaborado anteriormente como constructor para el régimen de Franco, compra en el año 1962 más de diez millones de metros cuadrados en lo que entonces pertenecía a la finca el Ángel. La primera propuesta de este gran centro de atracción turística perteneció al equipo liderado por el arquitecto Antonio Bonet e integrado, entre otros, por el arquitecto navarro Manuel Jaén de Zulueta. El proyecto inicial alcanzaba tal envergadura y complejidad que se le denominó como Ciudad Parque de Turismo de Andalucía la Nueva. Este centro iba a albergar entre otras cosas, un gran hotel de lujo, casinos, clubs de playa, torres de apartamentos de distinta densidad constructiva, plaza de toros e iglesia. Lo que hoy se conoce como Andalucía la Nueva, es un complejo muy diverso que se presenta como un ente aparte de la ciudad de Marbella, incluso gobernado por su propia tenencia de alcaldía. En este pueblo, que es una denominación que se utilizará posteriormente para titular muchas urbanizaciones en la Costa del Sol, como Pueblo López en Fuengirola, se construyó todo un catálogo de tipos de vivienda para uso residencial y turístico, desde casitas con un pequeño patio incluido, hasta bloques de apartamentos de una sola habitación, estudios, que podrían en un momento dado adherirse al estilo andaluz, aunque realmente los únicos elementos del estilo es el enlucido de cal y la cubierta de teja árabe. 



                             Urbanización Nueva Andalucía, Marbella. Años 60.

Ya en el año 1970, el arquitecto sevillano Antonio Delgado Roig, construye la iglesia Virgen Madre en un estilo que algunos autores catalogan de neobarroco y en la que resalta la cúpula de media naranja y la torre. El blanco de la fachada con los remates en amarillo albero, acerca la construcción a la arquitectura popular sevillana y jerezana. Parte de este gran proyecto incluía una gran plaza pública, que se quedó en hotel, el Andalucía Plaza, complejo arquitectónico que ya se analizó en el primer capítulo de este trabajo. La plaza de toros, que todos conocen como la de Puerto Banús, es una obra del arquitecto Luis María Gana, construida en ladrillo visto, a semejanza de la que él mismo había construido en Bilbao, por lo tanto no es un edificio que se pueda incluir en la imagen estética que define a Marbella.  La novedad del proyecto, estaba basada en la marina, es decir en la parte de esa ciudad-parque que se encontraba a la orilla del mar. Se trataba de un conjunto arquitectónico que incluía una serie de bloques de apartamentos de ocho plantas cada uno y diseñados dentro de los más estrictos parámetros del Movimiento Moderno. En lo que hubiera devenido con el tiempo la imagen de esos bloques de apartamentos que no llegaron a realizarse, mejor ni lo imaginamos, porque la historia hubiera sido otra totalmente diferente.
Dicen que fue el mismo Franco quien convenció al constructor José Banús para que en lugar de construir ese complejo moderno, construyera un puerto deportivo que evocara a los pueblos mediterráneos andaluces. Sin embargo, otros cuentan que fue el propio arquitecto, el suizo Noldi Schreck, que había trabajado en México y California, quien convenció al promotor del puerto que lleva su nombre, de que sería mejor si en lugar de las torres, este se levantaba con la tipología que había inspirado al Marbella Club 5, hotel al que vino para diseñar su beach-club. Puerto Banús, el enclave náutico más importante del Sur de Europa, fue inaugurado en mayo del año 1970 y a la fiesta acudieron personalidades de todo el mundo, entre ellos los Príncipes de Mónaco, Rainiero y Grace Kelly. 



                           Puerto José Banús, Marbella. Años 70. Noldi Schreck.


El tan traído y llevado glamour, se aposentó en un entorno construido siguiendo las pautas de la arquitectura popular andaluza y el estilo de Marbella se definió. Entre las características técnicas de este puerto deportivo, destacan sus 915 puntos de atraque para embarcaciones de cincuenta metros de eslora. La torre de control que evoca a las torres almenaras, el enlucido de cal, las cubiertas de teja árabe, las ventanas, los balcones, las callejuelas con el empedrado típico de muchos pueblos andaluces y las macetas. Puerto Banús fue el modelo para otros puertos deportivos que se construyeron posteriormente en la costa mediterránea española, como el de Estepona o el de la Duquesa en Manilva. Al Este del término municipal de Marbella, se construyó en el año 1975, el puerto deportivo de Cabopino. Esta obra del arquitecto Rafael Arévalo Camacho, de dimensiones mucho más reducidas que el de Banús, también responde a la solución de un poblado marinero andaluz, aunque en este caso, la influencia de otros enclaves mediterráneos tan aclamados como Portofino en Italia o Saint Tropez en Francia, es mucho más evidente. 




                                  Puerto Cabopino, Marbella. Rafael Arévalo
                                  Camacho. 1975.
 
En la decoración de los cientos de establecimientos que se abrieron en Banús, tanto bares, restaurantes como comercios, al igual que sucedió con la decoración de muchos interiores del Estilo Internacional, confluyen diferentes factores. De una parte la estética relacionada con la náutica y los deportes afines, de otra la de los elementos decorativos propios de la época, no olvidemos el pop y la psicodelia, en este caso asociados al lujo y a la moda y en última instancia, quizá, la que rememoran los interiores populares de Andalucía. Jaime Parladé, decoró uno de los bares míticos del Puerto Banús, el de su amiga Menchu, pero no utilizó su sello sencillo y auténtico, ni su lado más sofisticado y elegante, en esta ocasión se dejó llevar por los aires de Miami y el Caribe.
Mientras esa arquitectura se estaba levantando sobre el suelo del extenso término municipal, la propia ciudad, el casco histórico de la ciudad, también empezaba a desarrollar la escenografía con la que pasaría a la historia del turismo. Las callejuelas y las plazas, fueron desprendiéndose del halo de miseria que acarreó la Guerra Civil. Las fachadas de las casas se fueron repintando de nuevo, esta vez del blanco que se imponía como cromatismo necesario para crear esa imagen que ya se analizó al principio de este apartado. Marbella, la pequeña ciudad del litoral malagueño, crecía de una manera vertiginosa y los edificios, alguno de ellos adheridos a la corriente del Movimiento Moderno, empezaban a perfilarse sobre aquel horizonte que antes solo rasgaban las murallas del Castillo y la torre de la Iglesia de la Encarnación. La plaza de los Naranjos y alrededores, se fueron disfrazando de pintorescos y se instalaron restaurantes y comercios, algunos de ellos tan originales y chic, como la tienda de sombreros que abrió la célebre Ana de Pombo. 



                                      Ana de Pombo delante de los biombos 
                                      que realizó Jean Cocteau.


Este personaje, diseñadora entre otras cosas de Coco Chanel, ya había regentado otro comercio en la ciudad, el salón de té La Maroma y para el que Jean Cocteau, poeta y dramaturgo francés, le realizó unos biombos donde expresó su ensoñadora visión de un mundo poblado por gitanos y toreros. La obra que el artista le regaló a su amiga, la tuvo que vender esta en los últimos años de su vida al banquero Ignacio Coca, propietario del Hotel los Monteros. Otro de los comercios que se abrieron en el núcleo histórico de la ciudad, en una casita pegada a la torre de la iglesia de la Encarnación, fue la Tartana, la primera irrupción en Marbella del artífice del estilo marbellense de decoración, el ya más que mencionado en este trabajo, Jaime Parladé. La idiosincrasia y la personalidad de este personaje, clave para entender una parte de la imagen con la que Marbella se presenta ante el mundo, le llevaron a crear un universo estético único. Nació en San Sebastián, pero se crió en el Tánger cosmopolita e internacional, de donde indudablemente sacó parte de su ideario. Entre sus primeras obras cabe destacar la que realizó en 1958 con su amigo, el famoso decorador Duarte Pinto Coelho, en el hotel Guadalmina. Sería interminable citar todas las casas, los hoteles y los espacios que diseñó hasta su muerte en enero de 2015, espacios que se sitúan en España, Estados Unidos, Francia, Marruecos o Suiza. Desde la finca Alcuzcuz, en la sierra marbellense, que heredó de su bisabuelo el industrial malagueño Agustín Heredia, compartió su vida y su trabajo, acompañado de celebridades, pero también de artesanos, carpinteros y albañiles. Dice en sus memorias, que la obsesión por el blanco le llegó cuando visitó la Cónsula, en Churriana, la casa que poseían el matrimonio americano Anne y Bill Davies. 




                                   El patio de una casa decorada por Jaime
                                   Parladé.


Los muebles sin pretensiones, los platos y jarras de loza española, las alfombras marroquíes y las piezas de artesanía local fueron parte del material con el que ambientó esa Marbella que en suerte le toco adornar. Abrió el hotel La Fonda, situado en la plazuela del Santo Cristo, en el barrio alto , que supuso otro hito en su carrera y en la estética de la ciudad, primero porque era el primer hotel, ahora se les denomina con encanto, que se abría en el entramado del casco histórico, segundo porque en él derrochó autenticidad andaluza a raudales, respetando no solo la estructura íntegra de la casa, sino también materiales como los suelos de barro o las columnas de mármol del patio central y tercero porque en este mítico establecimiento se hospedaron personalidades tan representativas del momento como los Rolling Stones. Para hablar de la estética de la ciudad de Marbella, es obligado hablar de Jaime Parladé, Marqués de Azpeteguía. 



                                      Un patio del Hotel La Fonda, Marbella. 
                                      Jaime Parladé.

No deja de ser anecdótico, que los artífices de la idea constructiva, paisajística y estética de la ciudad, fuesen unos aristócratas que sin embargo, aborrecieron el concepto anticuado con el que el lujo se asociaba hasta ese momento. Huyeron de las balaustradas, los dorados, las escalinatas, las molduras y las sombrillas con estampados de rayas a juego con las casetas de playa. Se negaron a que los muebles vistosos, las alfombras rojas, los despampanantes jarrones dieciochescos inundaran los espacios que ellos crearon en ese lugar paradisíaco y exclusivo que surgió en la empobrecida España de los años cincuenta. El barro y la cal, el mimbre y la anea, la forja artesanal y los tejidos populares como ingredientes básicos para recrear una tipología de hábitat tradicional, pero orientada para el disfrute de una minoría selecta, elegante y rica.
El Plan de Ordenación Urbana de Marbella, aparte del puerto Banús, del puerto de Cabopino y del hotel Marbella Club, el Rodeo desapareció hace mucho tiempo, tiene catalogados como Bien de Interés Ambiental, los apartamentos la Joya, el conjunto de la Plaza Juan de la Rosa, La Alcazaba, el hotel Cortijo Blanco, el hotel Puente Romano, la urbanización las Lomas del Marbella Club, la Urbanización Jardines Colgantes, Los Monteros y la urbanización La Virginia. 



                                        Urbanización La Virigina, Marbella
                                        Donald Gray.

El hotel Puente Romano, obra del arquitecto y teórico de origen boliviano, Melvin Villarroel, que había trabajado en los Estados Unidos y en Sudamérica, es uno de los conjuntos arquitectónicos más interesantes de la Costa del Sol. Construido bajo los parámetros del estilo andaluz, su autor se sirve de un supuesto puente romano, que le da nombre al hotel y al del arroyo que salva, para diseñar todo el entramado de jardines y edificaciones. La torre que ya se analizó en el Estilo Árabe, se constituye como único elemento vertical del conjunto y a la vez se convierte en el reclamo publicitario de cara al exterior. Los herrajes de las ventanas y balcones, la cerámica para rótulos y cubiertas y la rugosidad de los encalados, le otorgan la inclusión de pleno en el estilo que se estudia en este capítulo y por tanto, el hotel es un referente primordial de la imagen que se establece en la ciudad. La Virginia, sin embargo, es una urbanización pequeña y escondida, que recrea magistralmente la tipología arquitectónica y urbanística de los pueblos andaluces, pero es muy poco conocida, para beneficio de los que la habitan. Este núcleo, fue diseñado por el artista australiano Donald Gray a finales de los años sesenta; autor de las Lomas del Marbella Club, urbanización que también se citó en el apartado dedicado al Estilo Árabe.
El núcleo urbano se derramó fuera de los límites trazados en la ciudad desde siglos atrás. La nacional trescientos cuarenta trazó un eje entre la ciudad histórica y la nueva, que se abrió paso entre avenidas en dirección al mar. El ensanche, en un principio, se esmeró en no diferenciarse mucho de la arquitectura tradicional y en respetar la volumetría existente. Entre los años 1945 y 1955, se llevaron a cabo diversas actuaciones emparentadas con la arquitectura popular de la ciudad. En la avenida Miguel Cano, el arquitecto Juan Jáuregui Briales, autor del Málaga Palacio, diseñó una hilera de casitas de dos plantas destinadas a los maestros, sencillas y como dice el que fue cronista de la ciudad, Fernando Alcalá Marín, de estética agradable6



                                  Avenida del Mar, Marbella. Años 50.


El mismo arquitecto diseñó, en la avenida Ricardo Soriano y también respetando volúmenes y formas, e incluso con un fuerte acento andaluz, La Casa Sindical, sede también de Radio Cadena Española. La urbanización Ansol, en lo que fueron los terrenos de la Huerta del Faro, entre la carretera y la playa, constaba de treinta y nueve chalets, discretos y sin aspavientos, enlucidos en blanco y con cubiertas de teja árabe. Un edificio curioso y original, ajeno a este estilo pero al que se ha querido recordar, situado también en la antigua carretera nacional trescientos cuarenta, ya bautizada como avenida de Ricardo Soriano, fue la Residencia Globus, obra del arquitecto Vicente Benlloch la Roda. En su fachada de tres plantas presentaba como elemento decorativo un gran panel de azulejos con un motivo alusivo al nombre del edificio. Este mismo arquitecto también proyecto el Colegio María Auxiliadora, que conllevó la restauración de un sector del Castillo. Menos el colegio de las Salesianas en la plaza de San Bernabé, hoy totalmente integrado en el recinto de las murallas, el resto de las edificaciones que se han nombrado y que constituyeron parte de la ampliación de la antigua ciudad, han desaparecido. Por desgracia, la altura de la mayoría de las edificaciones que se fueron levantando en dirección al mar, creció y la imagen de los mismos, se fue afeando y alejándose de la estética tradicional. Esa masa edificada sin control forma parte de la realidad arquitectónica de Marbella, aunque no queramos verla, quizá porque sabemos que no es la que la define turísticamente. El conocido por todos como Casco Antiguo, se salvó, aunque se encuentre asfixiado por los bloques de pisos y apartamentos que lo ahogan.
Una de las intervenciones más felices del Estilo Andaluz, la constituye el edificio del Ayuntamiento, obra del arquitecto Guillermo García Pascual, que tuvo que enfrentarse a un marco artístico de gran importancia local, como es la Plaza de los Naranjos con los emblemáticos Antiguo Ayuntamiento y la Casa del Corregidor, ambos edificios del siglo XVI. Aunque la construcción de este edificio es lógica que se realizara en el Estilo Andaluz, podría haber sido de otra manera totalmente diferente. Multitud de plazas andaluzas y españolas con el mismo o más valor artístico que la de los Naranjos, han visto como horribles construcciones las destrozaban para siempre. La Plaza de Toros, también se construyó bajo las pautas de la arquitectura tradicional andaluza, aunque con algunas pretensiones que quisieron acercarla a las Maestranzas de Sevilla y Ronda. Este edificio, de todas formas, no tiene ninguna significación porque se encuentra alejado del casco antiguo y porque está acorralado por los bloques de pisos del barrio obrero conocido popularmente con el nombre de Plaza de Toros



                                      Plaza de toros, Marbella. Años 60.
 
Muchos años han pasado desde que se vendían aquellas postales en las que se mostraban rincones pintorescos repletos de adornos y macetas, que componían una escenografía ideal para deleite del turista. Alguna de estas instalaciones, como la que llevó a cabo el propio ayuntamiento, con macetas vidriadas en color blanco, que se unían las unas a las otras con guirnaldas de hiedra, situada en la calla Gloria, supusieron todo un alarde decorativo, aunque esta concretamente ha desaparecido. Las composiciones espontáneas, que a su vez instalaron las tiendas de souvenirs, como la de la familia Lanza en la Plaza de José Palomo, que cada mañana despliega su mercancía de canastas de palma y esteras de esparto, forman parte de esa estética popular con la que Marbella se ha vendido. El ayuntamiento pavimentó las calles a principios de los años setenta, con el ancestral empedrado combinado con una solería discreta que imita al barro, dándole una homogeneidad a todo el centro histórico. Permitió la instalación de terrazas en las plazas, actualmente súper explotadas, fue cerrando el trafico automovilístico paulatinamente en todo el núcleo histórico, pero aún le quedan algunas tristes asignaturas pendientes, como la rehabilitación del Castillo, la del Convento de los Trinitarios o la del Trapiche del Prado. 



                                          Instalación realizada con macetas,
                                          Calle Gloria, Marbella. Años 70.


La rehabilitación del Cortijo de Miraflores, magnifica edificación de la arquitectura agraria de la zona, situado en el barrio del mismo nombre y llevada a cabo ya en el siglo XXI, supuso una importante aportación al patrimonio marbellense, aunque al igual que le sucede a la Plaza de Toros, su presencia queda eclipsada por los edificios que lo rodean y por lo tanto no se puede incluir a esta edificación como parte del sky-line de la ciudad.
De los tablaos y salas de fiestas que surgieron en Marbella al calor de la alegría que provocaba el turismo, se podría realizar un trabajo exclusivamente dedicado a ellos. El Boquerón de Plata, el más antiguo, estaba situado en la plaza de la Victoria, después se abrieron el Tablao Fiesta, en la calle Valentuñana, el de Lola Flores a espaldas del Puerto Banús y el de Ana María en la Plaza del Santo Cristo. Toda la estética con las que se decoraron estos establecimientos, era inevitable y obligadamente folclórica. Todos los elementos arquitectónicos y ornamentales que componen el Estilo Andaluz se recrearon hasta la extenuación y no solo en Marbella sino en el resto de la Costa del Sol y en España. De todas formas, es obligado señalar que no todas las discotecas y salas de fiesta se adhirieron a lo pintoresco. Jacaranda, un local por el que pasaron muchos famosos de la época, situado en una casita, entre la Carretera Nacional y la avenida del Fuerte, plantó la pista de baile en el patio y la decoró con un marcado estilo colonial, con muebles de mimbre y plantas que trepaban por las paredes y colgaban del techo. 




                                             Discoteca en Marbella. 1973.


Las casas y los jardines de muchos de los artistas y celebridades que disfrutaban de la noche y la juerga de esa Marbella eufórica de los años sesenta y setenta, también estuvieron envueltas en la rugosidad de la cal, los jazmines y las buganvillas y fueron adornadas con filigranas artesanales granadinas, tinajas de barro y platos de cerámica popular. La originalidad y a veces hasta extravagante estética marbellense, de fuertes raíces populares, pero a su vez innovadora y finalmente la más útil para la proyección de la ciudad, regaló ejemplos tan particulares como la piscina del bailaor Antonio, que reprodujo sobre los azulejos del fondo un dibujo que Picasso le había realizado en 1961.
Si Capri o Saint Tropez, San Sebastián o Biarritz, Ibiza o Mikonos, Miami o La Habana, están estereotipadas en nuestra mente con unas señas de identidad, Marbella, a pesar de la ética y estética a las que la han sometido sus últimos gobernantes, es una ciudad con un estilo propio y este tiene mucho de andaluz. ¿Será para siempre?




1 Juan Agudo Torrico. Arquitectura Tradicional y Patrimonio Etnológico Andaluz. “Demófilo. Revista de cultura tradicional de Andalucía”. ´Nº 31. Fundación Machado. Diputación de Sevilla. 1999.
2 Christopher Clover. “Marbella en los años setenta: Los primeros años de Panorama.” www.panorama.es. Fecha de consulta, julio 2015.
3 Juan Gavilanes Vélaz de Medrano. “El viaje a la Costa del Sol (1959-1969)”. Tesis doctoral. 2012.
4 Juan Miguel Morales Folguera. La Arquitectura del Ocio en la Costa del Sol. Universidad de Málaga. 1979.
5 Héctor Barbotta. “Marbella reivindica su arquitectura” Diario Sur. 22-12-2012.
6 Fernando Alcalá Marín. Marbella, los años del turismo (1945-1996). Auto edición. 1997.

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